martes, agosto 9, 2022

El PSOE y la tabernofobia

Cuando me metí a columnista y acepté comentar al menos de vez en cuando la actualidad política pensé que tendría muchas vacaciones, casi tantas como los políticos. Ellos paran de julio a septiembre, me dije, y joder cuánto me equivoqué. Resulta que la política sigue, desde Lanzarote o los Balcanes, en julio y en agosto, y la prueba es que N. se ha quedado en la playa y yo estoy aquí, comentándola.

No quiero decir con esto que los políticos trabajen mucho, porque no; lo que quiero decir es que esto no para. Y qué mal está montado el mundo si uno tiene que interrumpir su lectura del nuevo de Houellebecq —respecto al que Olmos, por cierto, tiene algo de razón— para ponerse a protestar contra las medidas de ahorro energético que nos han impuesto.

Claro que no protesto en mi nombre, o no sólo: protesto porque otra vez salen perdiendo los de siempre. Y es que podría pensarse que tener limitado el aire acondicionado a veintisiete grados perjudica a cualquier negocio, pero no es del todo cierto: los más afectados, los que de verdad van a pasarlas putas, son los propietarios de bares y restaurantes. Y no tanto porque uno tienda a pasar más tiempo allí que en una peluquería o una tienda de ropa como porque no es imprescindible visitarlos: ¿para qué ir a un restaurante a pasar calor si uno puede comer fresquito en su casa?

Así, uno empieza a sospechar que este Gobierno, digo más, que el PSOE en general es restaurantófobo, que padece de barofobia (de los bares, no de la gravedad): no se me ocurre un gremio al que hayan perjudicado más que el de los hosteleros. Empezó la tarea Zapatero obligándolos a reformar sus locales, a dividirlos entre fumadores y no fumadores para justo después prohibir fumar y la culmina Sánchez obligándolos a prescindir del aire acondicionado en pleno agosto. Un par de años después, además, de decretar un confinamiento que los arruinó.

Algo muy malo han tenido que hacer los hosteleros para que los traten así. Apoyar a Putin como mínimo.

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