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El extraño presente, por Antonio Escohotado

El extraño presente, por Antonio Escohotado

La tronera

Siempre me ha costado mucho entender que la palabra libertad evoque suspicacia en vez de reverencia, quizá por haberme criado en la certeza de que libre es sinónimo de bello, bueno, justo y verdadero, como dijo Sócrates inicialmente. Sin embargo, poco a poco descubrí que quien le impuso beber cicuta no fue solo el círculo autoritario inmediato sino el algo más amplio de alérgicos a la coherencia, que resulta ser el depositario sempiterno de la magia -negra y blanca-, fluctuando entre satanismos y verdades reveladas. Hoy pienso que el desasosegado por la libertad detesta el conocimiento, sabiéndolo o no, y que desvelar los móviles del rabioso amortigua el contagio de la rabia.

Me consta compartir con Alejandro, el joven promotor y director de El liberal, lo paradójico de una época donde el llamamiento a la lucha de clases se tornó obsoleto pero tampoco arraiga el llamamiento a reconciliarse, y las atrocidades instadas por el proyecto totalitario a lo largo del siglo pasado resultan olvidadas o tergiversadas. De ahí la reviviscencia de nacionalismos excluyentes, de indigenistas que se declaran opuestos al mestizaje racial e intelectual, y una pléyade de apóstoles dados a abogar por cualquier mundo salvo el efectivo, coetáneos de una guerra cultural lanzada por la posverdad contra los datos y valores tradicionales. Me incorporo a El liberal con dicha convicción, tratando de traducir a política el empeño del artificiero cuando desactiva cable por cable ingenios montados para destruir, en este caso investigando cada pretexto aducido para preferir la discordia a la concordia.

Comparto con Jano el sentimiento de que no basta añorar valores e instituciones que se derrumban como muros de la corteza polar, roídos por un rencor hacia nuestra civilización financiado por símbolos tan ejemplares de ella misma como Harvard o el New York Times, y ambos aspiramos a defenderla con lo legítimo por definición en tal caso, que es un examen orientado a recobrar los votos que se fueron ido extraviando últimamente. No sé cómo se organizará él para elaborar número por número su nuevo medio informativo; pero sí sé que para mí desbaratar la dinamita ideológica parte de desnudar a pirómanos mejor o peor vestidos de filántropos.

Como no encontré nombre mejor, por ahora, empiezo llamando La tronera a esta  sección, cuyos textos iniciales concentro en una genealogía de la propia bomba, entendiendo que lo nuclear de la discordia descansa en buena medida sobre omisiones interesadas, y la guerra cultural librada hoy entre el orgulloso de las tradiciones occidentales y su denigrador no resiste la prueba de los hechos. Tanto es así, a mi juicio, que basta tener presentes unos pocos eventos incontrovertibles para deshacer por ejemplo cualquier afinidad entre el golpe de Estado bolchevique en 1917 y una iniciativa popular. Con representaciones cogidas parejamente por pelos, quienes solo aportan odio acaban inventando el delito de ese nombre, como si las variantes punibles de tal ánimo no fuesen las conductas tipificadas por los códigos penales desde siempre.

Lanzada a prohibir ideas como si fuesen actos, la clientela de la corrección política incluye un alumno invitado a enfurecerse si escucha cosa distinta de su catecismo, y lejos de promover el respeto no pocas universidades norteamericanas habilitan salas contiguas donde calmarse oyendo música relajante, tras soportar por ejemplo a un profesor no dispuesto a identificar capitalismo con genocidio; pero en vez de reconvenir a dicho público por despótico, pueril y consentido le defienden por “sensible” y “vulnerable”. Paralelamente, algunas damas occidentales ignoran las vastas zonas donde falos y machos imperan al amparo de algún tribalismo subdesarrollado, o del islam, pues la vena indigenista, o amar al enemigo del enemigo, mueven a no ver los únicos lugares donde cabría una discriminación positiva.

Por lo demás, estas variantes de última hora podrían ser folklore pasajero en el devenir de una conciencia o alma del mundo que hace dos milenios negaba la entrada en los cielos a los ricos de espíritu y de hacienda, y que en los umbrales de la industrialización se bautizó como conciencia roja (“por la  sangre de sus mártires” según Blanqui), llamada a irradiar desde el triunfo de Lenin en 1917. A partir de entonces fue el gran símbolo de justicia y racionalidad, cautivó al pensamiento de todos continentes y arraigó en los medios más prestigiosos como ética y política del futuro.

Tanta confianza puso en el plan marxista-leninista, que a finales de los años 50 Kruschev derogó el “culto a la personalidad” montado en torno a Lenin y Stalin y se lanzó a competir con las democracias liberales en desahogo económico, acelerando reveses que acabarían siendo la caída del Muro y la autodisolución de la URSS. Inasequible al desaliento, un porcentaje de los marxistas seguirá convencido de que el patrón roba al trabajador una parte alta y fija de su producción (la “plusvalía”), y que fijar los precios racionaliza la producción; pero la URRS reconfirmaría que prohibir los negocios nunca ahorró algo determinado, susceptible de invertirse aquí o allá, e igualmente que solo una formación espontánea de precios ofrecerá noticias veraces sobre existencias en cada lugar y momento

Más concretamente, investigar la genealogía de cada comunismo descubre que el estado económico de cosas nunca ha sido lo determinante para santificar al pobre y maldecir el dinero, una constelación emocional donde lo decisivo es más bien un supuesto derecho de conquista, reclamado en detrimento del de obligaciones y contratos. Culturas tradicionalmente laboriosas contrastan con otras tan renuentes al intercambio pacífico como espartanos o aztecas, y es instructivo que le tocase a una China nominalmente comunista deshacer el disparate de que bien común y bien privado difieren por fuerza, pues no en vano fue allí donde restablecer los negocios lucrativos puso en marcha desde 1979 un proceso de capitalización y modernización sin paralelo en la historia del mundo.

Pero hasta en una sociedad tan diligente e inventiva como la china reinó Mao a título de mesías, y hasta qué punto el sapiens de nuestro animal comporta un elemento demens lo indica llevar más de un siglo aplicados a revoluciones que tiran piedras contra nuestro tejado,  y que con tal de no turbar cierta amalgama elemental de celos, simplismo y pereza llaman saber a ignorar, y buena fe a un ansia de imposibles, diseñando modos de combatir la pobreza que desde la limosna en adelante destruyen por sistema la creación de riqueza, como si la libertad responsable no fuese nuestra única seguridad, y la fuente última de goce. El primero en ignorarlo fui yo mismo, que necesité veinte años para abrir los ojos a algo que ya en mi tiempo se hallaba ingeniosamente velado, cuando no fundido con el amor por la humanidad consustancial a cualquier alma bien nacida. Tampoco le veo sentido por eso a renegar de la conciencia roja, cuando en vez de moverme a atentados se limitó a construir un mundo ficticio, donde la ilusión hizo las veces de experiencia. En todo caso, me permite desengañar a quien apueste por ello, y cumplir como artificiero metafórico.

Empecemos recordando que el primer decreto del Politburó estableció en su primer párrafo un “reclutamiento” no militar sino laboral de los adultos, que sin perjuicio de justificarse como “santificación del trabajador” restableció la servidumbre, suprimiendo indefinidamente el derecho a elegir domicilio y oficio. El segundo párrafo estableció una expropiación general de propiedades que deparó la ganzúa capaz de forzar cualquier cajón, aunque el destino de todo activo quedara adscrito a “prolongar la revolución”, determinándose que nadie dejaría el lugar donde estaba sin un permiso específico, y ninguna noticia se difundiría sin pasar la aprobación de censores. Es muy lógico que la conciencia roja pasara y  pase por sistema de puntillas ante lo ensayado en su nombre para mitigar la intemperie, porque la buena fe está reñida con suprimir lo exaltado al tiempo como santidad y pureza.

Si no recuerdo mal, Chávez fue el primer mesías igualitarista dispuesto a reconocer que “dejó de importar seremos ricos o pobres, porque sacamos adelante la revolución antiimperialista”, mientras concretaba la alianza de comunistas cristianos e integristas musulmanes sellada por el abrazo con Ahmadinejad, tribuno de otro credo reñido con el más acá y la esfera de lo pacíficamente acordado. Cuando cesó el alza artificial del crudo, su delfín Maduro reprodujo la tesitura crónica del cubano, bendecido por una revolución sempiterna y al tiempo perseguido por la desnutrición cotidiana, porque su divisa no alcanza para importar jabón o papel higiénico, ni para fabricarlo  sin mermar la cuota del paniaguado. Pero sarna con gusto no pica, y toca detenerse en precisamente por qué.

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