domingo, marzo 7, 2021

El enamorado de kiria Clío, por Javier Santamarta

Divulgando, que es historia

Yo no soy historiador. Quede claro. Soy, tan solo, un enamorado de la bella Clío, musa protectora de la Historia. Y sobre la que cae la dura labor de ser la que nos recuerde que, como la echemos en el olvido, su maldición será repetir lo vivido. ¡Y no suelen ser precisamente tales remakes cosas agradables! ¿O acaso no estamos disfrutando de las mascarillas de principio de siglo XX, de nuestros abuelos y bisabuelos? Si estuviéramos atentos a las señales de Clío, recordaríamos que los periódicos de 1918 ya nos hablaban de una «grippe complicada», como la llamaban los galenos del momento.

Una extraña gripe que, no sólo tenía marcados problemas respiratorios, sino digestivos, y que afectaban a otros órganos. ¿Les suena familiar? Un virus que el pueblo y los medios tomaron al principio a chirigota (pero que cómo me suena todo, oigan), motejándoles como «soldados de Nápoles», por una pieza que se hizo popular de la recién estrenada zarzuela, La canción del olvido. Y que sus microbios, los virus, hacían de esta gripe «tan pegadiza» como la que cantaba: «Soldado de Nápoles / me quiso mi suerte: / la gloria romántica / ¡me lleva a la muerte!»

Y con tanto cachondeo… ¡ya lo creo que llevó a la muerte! En un par de años se llevaron en España, los soldaditos de marras, a más de 200 000 personas infectadas. Y nadie pensó en una segunda ola… y vino. Y en una tercera… y vino. No quisiera ser yo uno de esos que hacen spoilers, pero ¿saben lo que pasó? ¡Que vino una cuarta! Pues no les digo pero se lo digo . Y aunque parezca que la mencionada Clío lo que es, en vez de una kiria, una dama, es una malaje de cuidado, me temo que es como el mito griego (¡no podía ser de otro modo!) de Casandra. La que tenía el don de la profecía, y la maldición de que nadie la creyera. Uno de los personajes de la Guerra de Troya. Esa que narrara el padre de la novela occidental. Homero.

Por cierto, y me permitan la derivada, que así se acostumbran a mi tendencia al circunloquio. ¿Saben que los historiadores y filólogos no acaban de ponerse de acuerdo sobre si Homero era verdaderamente el autor de las inmortales La Ilíada y La Odisea? Es más. ¡Si era una sola persona o un grupo de rapsodas! Si existió, era ciego, o una confusión derivada de su nombre, que no sería sino un juego de palabras, un chascarrillo, pero que no tenía relación conque fuera candidato para un estanco de la época. Ni siquiera el padre la Historia, Herodoto (otro griego, claro), tuvo claro de su vida, y calculó su posible existencia a ojo de buen divulgador histórico. Otros dicen que fue coetáneo de la famosa guerra troyana, y por eso  el inevitable protagonismo de este conflicto en sus obras. La verdad ¡es que no tenemos ni hetaira idea!

Por eso es tan importante el rigor para los historiadores. Para los que bucean en las fuentes primarias… que por otro lado pueden estar más contaminadas que el río de Springfield donde nadan peces de tres ojos. Para los que intentan cribar con el cedazo del estudio si fue algo real o una mera fábula que se base, quizá, en algo cierto, pero vaya uno a saber qué parte sí o no. Es más. Sobre Troya, no se pusieron de acuerdo en que podía ser algo real, sino hasta el Siglo XIX. Y todavía hay quien dice que no es esa que está en la actual Turquía, ¡sino en Huelva! Vamos. ¡Que alguien pueda decir la investigación histórica no es divertida…! Y es por eso por lo que es tan importante la labor de historiadores serios y de arqueólogos tan entusiastas como profesionales, para conocer como se debe, nuestro pasado. Y poder así sacar enseñanza de ello. Yo no pretendo tanto. Sí que pasen buenos ratos con la Historia en esta sección de El Liberal. Y como enamorado de esta bella dama que es Clío, aquí me encontrarán cada domingo divulgando, ¡que es Historia!

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