sábado, enero 28, 2023
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El Camino Español, la ‘autopista’ con la que los tercios dominaron Europa

La monarquía hispánica resolvió el reto de sostener la guerra en Flandes con una gesta logística sin precedentes para transportar tropas y pertrechos

Hace unos días se cumplió el quinto centenario de la coronación de Carlos I de España como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Quinientos años desde que se inauguró la etapa de mayor hegemonía hispana en el mundo.

El joven rey había llegado al trono español cuatro años antes, en 1516, y había recibido de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos, los territorios unificados de las Coronas de Castilla y Aragón. Estos dominios abarcaban no solo la península Ibérica, sino también posesiones en Italia (Sicilia, Cerdeña y Nápoles), en el norte de África (Orán, Argel y Túnez) y, por supuesto, el recién descubierto Nuevo Mundo.

A esta ya descomunal herencia se sumó la de su abuelo paterno, Maximiliano de Habsburgo, que le legó, además del mencionado Sacro Imperio, los Ducados de Saboya, de Austria y de Borgoña. Este último incluía el Franco Condado y Flandes. Por si fuera poco, Carlos se incorporó también el Milanesado.

Vale la pena recoger esta larga enumeración para siquiera empezar a barruntar el tremendo poderío territorial que le cayó en suerte a Carlos. Sin intención de caer en el tópico, aquel era verdaderamente un imperio donde no se ponía el sol.

Territorios heredados por Carlos I de los Reyes Católicos y de Maximiliano I de Habsburgo. A esto se suman las posesiones americanas.

Una herencia difícil de administrar

Pero la extensión de sus dominios les dio al emperador y a sus herederos en el trono español tantas alegrías como dolores de cabeza. El conflicto con Francisco I de Francia marcó el reinado de Carlos por la hegemonía del Viejo Continente, pero sería Felipe II quien asumiría el mayor reto en la defensa de tan amplias posesiones.

En el historial militar del rey escurialense se encuentran grandes derrotas, como la de la Grande y Felicísima Armada, que resultó no ser invencible, pero también victorias que han marcado la historia, como Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos”. Sin embargo, tal vez su enemigo más enconado y el que desde luego siguió marcando la política exterior de España durante buena parte del XVII fue el holandés.

Por mucho que su residencia estuviera en la península, Carlos V había nacido en Gante y eso le hacía sumar puntos con los habitantes de Flandes. A su muerte, los flamencos empezaron a ver Felipe II como lo que era, un rey extranjero y, para más inri, católico —recordemos que Lutero ya había sacudido Europa con su Reforma—. El sentimiento nacionalista acabó cuajando en la Guerra de los Ochenta Años, que comenzó durante el reinado de Felipe II (1568) y se saldó con la independencia de Países Bajos en la Paz de Westfalia (1648).

El gran reto de la monarquía hispánica a la hora de librar aquel conflicto fue de naturaleza logística: desplazar hombres y pertrechos cubriendo cientos de kilómetros hasta lugares como Bruselas, Amberes o Breda. Vamos, lo que toda la vida se ha llamado poner una pica en Flandes. Y todo ello, con la recelosa Francia apostada en medio de la península y los Países Bajos.

‘Rocroi, el último tercio’ del pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

El Camino Español

La solución a la que llegaron Felipe II y sus asesores fue una proeza en lo que a intendencia militar se refiere, el famoso Camino Español. El también llamado Camino de los Tercios o Corredor Sardo consistía en una ruta segura a través de posesiones o zonas de influencia españolas en el continente.

Los ejércitos de los Habsburgo embarcaban en Barcelona y viajaban hasta el Milanesado. A continuación cruzaban los Alpes atravesando el Ducado de Saboya y llegaban al Franco Condado. La última etapa de la travesía pasaba por Lorena, Luxemburgo y Lieja, hasta llegar a territorio de los Países Bajos Españoles y a Bruselas, su capital, polvorín habitual durante la guerra. Esta vía principal sufrió alteraciones a lo largo de los años en función de los distintos pactos a los que España, por un lado, y Francia, por otro, llegaban con distintas regiones.

Las dos rutas principales (en marrón la original y en azul la alternativa) del Camino Español.

Cabe destacar que el hecho de que la ruta inicial de los tercios fuera marítima los convirtió en la unidad de desembarco más antigua del mundo aún en activo. Sus herederos actuales son la Infantería de Marina de la Armada Española.

El primero en andar aquel camino al mando de los Tercios Viejos fue Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el Gran Duque de Alba, que todavía hoy hace las veces del ‘coco’ en los cuentos que los padres holandeses cuentan a sus hijos para que se vayan a dormir. Al Gran Duque le siguieron otros grandes comandantes como Juan de Austria, Alejandro Farnesio o Ambrosio Spínola, que capitanearon a los tercios en algunas de sus más gloriosas victorias. Todo ello al grito de “¡Santiago y cierra España!”.

Velázquez pintó en ‘La rendición de Breda’ una de las grandes victorias españolas contra los holandeses.

Imagen destacada: ‘El Camino Español’, del pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

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