Historia
El almirante Cervera o el artífice de un “acto español”

El almirante Cervera o el artífice de un “acto español”

El Gobierno de entonces quiso cargarle el muerto por perder Cuba, pero la historia acabó absolviéndole y sus adversarios admirando su valor

Hoy les hablaré de uno de esos gestos de gallardía que tan a menudo afloran en nuestra historia cuando peor parecen irles las cosas a España. Lo protagonizó el almirante Pascual Cervera y Topete, que mandó la escuadra hispana durante la batalla de Santiago de Cuba, el 3 de julio de 1898, con la que se perdieron las últimas colonias españolas en el llamado Desastre del 98.

Antes, no obstante, creo que es de justicia llamar la atención del lector sobre la sospechosa coincidencia entre el apellido de nuestro protagonista y el del arriba firmante. Y es que el almirante Cervera no es otro que mi tatarabuelo. Con todo, trataré de que estas líneas estén guiadas no sólo por la devoción familiar, sino también por el rigor histórico. Hecha esta aclaración, entremos en materia.

Pascual Cervera y Topete nació en Medina Sidonia en 1839 y murió en la también localidad gaditana de Puerto Real en 1909. Su amplia carrera en la Armada arrancó cuando ingresó en la Escuela Naval con tan sólo 13 años. Sus destinos incluyeron Filipinas, donde luchó en dos ocasiones contra los malayos; la península, donde defendió la Primera República enfrentándose a los rebeldes cantonales en Murcia y en Cádiz; y Vizcaya, donde supervisó la construcción del único acorazado que la Armada tuvo hasta el siglo XX, el Pelayo.

En 1891, la regente María Cristina lo requirió en la Corte como ayudante de cámara y asesor naval. Poco después, fue nombrado ministro de Marina en uno de los gabinetes liberales de Sagasta. Este cargo civil no era del gusto de Cervera y Topete, que consideraba que podía servir mejor mandando barcos y escuadras, pero terminó aceptando porque su nombramiento era expreso deseo de la reina y poniendo por condición que no se redujese el presupuesto destinado a la Armada. Cuando este acabó disminuyendo sólo tres meses después, el entonces contralmirante, fiel a sus principios, dimitió inmediatamente.

Marinos españoles supervivientes de la batalla de Santiago de Cuba llegando a la costa.

La batalla de Santiago de Cuba

Cervera volvió a sus barcos y estos le llevaron al episodio más conocido de su carrera. El 8 de abril de 1898, se le ordenó partir con su flota rumbo a las Antillas para combatir a la joven y moderna escuadra estadounidense. Existen numerosos testimonios y correspondencia que hablan de que el almirante era muy consciente de que navegaba al desastre. Durante años había emitido quejas al Ministerio de Marina por el lamentable estado de los buques españoles y es que, en efecto, la flota hispana era inferior a la yanqui en todos los sentidos. No sólo disponía de menos barcos y de menos hombres, sino que el blindaje de los navíos era menor, así como el número y el calibre de los cañones.

La única ventaja que atesoraba la escuadra española eran sus destructores. El destructor es un tipo de barco que inventó el marino Fernando Villaamil (que también participó en la batalla, perdiendo la vida), con blindaje y cañones inferiores a los poderosos acorazados estadounidenses, pero mucho más veloces que estos.

Con los dos destructores con que Cervera contaba entre sus filas, el resultado del cruce naval hubiera podido ser muy distinto de haberse producido en mar abierto, pero el almirante recibió órdenes estrictas de dirigirse al puerto de Santiago de Cuba. Los americanos no tuvieron más que bloquear la bahía para convertir el escenario del combate en una ratonera sin salida.

Las órdenes que recibió Cervera vinieron de Madrid, del Ministerio de Marina. Es paradójico que, al mismo tiempo que tenía lugar la batalla, buena parte de los ministros del Gobierno estuvieran en los toros. Así pues, como escribió el ensayista Fernando Díaz-Plaja, el almirante “fue un hombre al que su cerebro informó de la inutilidad de la empresa pero su corazón y sentido del deber impulsaron a realizarla”.

Los restos del crucero Vizcaya, uno de los buques que participó en la batalla de Santiago de Cuba.

Dudas sobre la estrategia

Cuando se le mandó salir del puerto “inmediatamente”, Cervera escribió al ministro de Marina: “Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme ese voto unánime de los generales de Marina que significa la desaprobación y censura de mis opiniones, lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiera relevado”.

Lo expuesto hasta ahora, es decir, que a Cervera le impusiesen atracar su flota en Santiago, no quita que se puedan dirigir ciertas objeciones a su estrategia durante la batalla. En los límites que marcaban sus órdenes, el almirante de la escuadra española pudo haber optado por otras alternativas, como la sugerencia de Villaamil de realizar un ataque nocturno.

Cervera, sopesando todas las posibilidades, optó finalmente por ir sacando sus barcos de la bahía en orden decreciente de peso y potencia de fuego, de modo que los barcos más pequeños tuvieran opciones de escapar. Cervera quiso salir de día y navegando cerca de la costa para que sus hombres —muchos de los cuales no sabían nadar— tuvieran más posibilidades de llegar a la costa o ser rescatados. De haber salido de noche, las labores de rescate hubieran sido mucho más complicadas.

Si la estrategia de Cervera fue o no la más acertada es discutible. Lo que es claro es que su intención fue siempre la de que se perdiera el menor número de vidas y que su valor estuvo fuera de toda duda. Esto se evidencia en que él mismo navegó a bordo del primer buque que salió de puerto, el María Teresa, procurando atraer sobre sí el fuego estadounidense.

La absolución de la historia

A pesar de todo, la batalla acabó, como no podía ser de otra forma, en derrota. Un total de 343 marinos murieron y 1.890 fueron hechos prisioneros, por un solo muerto del lado estadounidense. De vuelta en España, Cervera y sus oficiales supervivientes se enfrentaron a un consejo de guerra acusados de traición. Pero el almirante había previsto que el Gobierno procuraría buscar en su figura una cabeza de turco al que culpar del desastre. Por eso, Cervera, unas horas antes de la batalla, había entregado al arzobispo de Santiago de Cuba un baúl que contenía todos los partes con las órdenes recibidas acompañados de sus propias protestas. Con estas pruebas, los acusados fueron absueltos.

Pero los documentos no sólo sirvieron al almirante para recuperar su buen nombre y evidenciar, de paso, la mala gestión del Gobierno. Cervera publicó una edición con el historial de las órdenes y sus cartas de protesta que produjo gran impacto en la sociedad de la época. El libro llegó a traducirse al inglés y se estudió durante décadas en las academias militares de Estados Unidos.

Fotografía del almirante Cervera (en el centro) rodeado de sus oficiales supervivientes. La instantánea fue tomada durante su cautiverio en Estados Unidos después de la batalla.

Precisamente de su enemigo americano llegó la mejor defensa para el almirante. Los estadounidenses, por ejemplo, no quisieron aceptar los sables de los oficiales españoles, símbolo de rendición, en reconocimiento a la bravura que mostraron en combate.

Además, Robert D. Evans, capitán de navío del acorazado Iowa, que hizo prisionero a Cervera durante la refriega y que le recibió a bordo con honores militares, dijo del marino gaditano: “Nada hay registrado en las páginas de la historia que pueda asemejarse a lo realizado por el almirante Cervera. El espectáculo que ofrecieron a mis ojos los dos torpederos, meras cáscaras de papel, marchando a todo vapor bajo la granizada de bombas enemigas y en pleno día, sólo se puede definir de este modo: fue un acto español”.

En España es tristemente habitual el desprecio por nuestros héroes y por nuestra propia historia —hace un par de años, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, calificó a Cervera como “un facha”— y en numerosas ocasiones debemos buscar el reconocimiento a nuestros hombres y mujeres ilustres en labios de extranjeros.

Curiosamente otro extranjero, Fidel Castro, poco sospechoso de ser un facha derechoso, también dedicó elogios a Cervera. Fue durante una visita a La Habana del buque-escuela de la Armada, el Juan Sebastián Elcano. En aquella ocasión, el dictador habló del almirante como un “héroe” y afirmó que los cubanos sienten “un gran respeto por los marinos españoles recordando la hazaña de Cervera, algo inolvidable”.

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