martes, junio 28, 2022

¡Devuelvan el oro!

¡El 12 de octubre es una fecha maldita! Una vergüenza en los libros de la Historia. Y ya está bien el que así se reconozca. Parece increíble que se pueda decir que es una efemérides en la que hay «todo que celebrar», cuando es más que obvio que no lo hay. No. Para colmo, como consecuencia de lo que se pretende conmemorar, resulta que es Fiesta Nacional (sic) de España. Oprobio sobre oprobio. ¿Por qué hemos de recordar una fecha en la que la civilización más expansiva de la Historia, como lo fue Roma, belicista, esclavista y depredadora, cruzó los mares en naves castellanas para llegar a unos territorios donde la civilización ya existía? ¿Cómo puede arrogarse España, que no ha existido como tal hasta ayer mismo, el seguir con tal impulso destructor en aras de un imperialismo que cambió las águilas de Mario por las cruces de Santiago? ¿Los líctores de César por los pendones con el yugo y las flechas? Absurdo. ¡Qué ha hecho Roma por nosotros!

¡Qué ha hecho España para merecer tal subsidiario honor! ¿Honor llegar sin conocer a dónde iba? De traca. Luego, claro, tener que empezar de inmediato a ver si aquello era lugar propio, nuevo o ajeno. Plantearse la legitimad de tal acción, cosa que no ocurría desde aquella de Cicerón en el Senado lanzando unas filípicas que no se había visto nada igual hasta el grito del dominico Antonio de Montesinos, en 1511, exclamando desde el púlpito refiriéndose a los indígenas: «¿Estos no son hombres? ¿Con éstos no se deben guardar y cumplir los preceptos de caridad y de la justicia? ¿Estos no tenían sus tierras propias y sus señores y señoríos? ¿Estos hannos ofendido en algo?». ¡Y lo suelta delante del gobernador, Diego de Colón, primogénito del Almirante de la Mar Océana y Virrey de las Indias!

Claro, ¡un escándalo! Tan grande, que acabaría llegando a esa Castilla miserable, ayer dominadora, y a los oídos del rey Fernando, que no se le ocurre otra cosa que hacer un comité que, como sabemos como principio burocrático clásico, es lo que hay que hacer si se quiere que no funcione nada. Y ahí que se juntan en Burgos, un año después, en 1512, juristas, teólogos y toda una patulea de ignaros fundamentalistas religiosos del Dios equivocado. Y acaba saliendo de tal maldito comité unas Leyes nominadas por la ciudad castellana citada, en la que acaban como normas perlas como que los indios son hombres libres, y que si se les quiere usar para trabajar han de recibir un jornal; con derechos para las mujeres embarazadas con permiso de crianza hasta tres años del nacido; y prohibiendo incluso de manera taxativa el trabajo a los menores de 14 años. ¡Y todo esto en 1519! Inaceptable.

Para colmo, toda esa presunta protección jurídica no va a hacer más que provocar el que se lancen voraces exploradores, aventureros y conquistadores, al continente americano. Desde California a Buenos Aires. Desde Tierra del Fuego hasta Alaska. ¿Y a qué nos va a llevar todo eso? ¿Qué va a hacer un genocida como Hernán Cortés tras promover una guerra civil entre hermanos tlaxcaltecas y mexicas para tomar Tenochtitlán? Pues que una vez tomada en 1521, no pasen sino apenas años sin que se reconstruya (seguramente para solaz de los vencedores tras devastarla antes, cosa que nunca de los jamases ha ocurrido en Europa ni en ninguna parte del mundo tras una guerra), y no contentos con esto, acabar fundando un hospital (1524) y una imprenta (1539), que ya me dirán qué necesidad.

Supongo que para poder dar a los tipos fijos ejemplares de las primeras gramáticas de las lenguas de eso que tan condescendientemente llamaron «Nuevo Mundo», como la del Náhuatl, de 1547 (tres años anterior a la francesa), que el epítome de lo negrolegendario, ese obscuro y funesto monarca llamado Felipe II, mandó que fuera oficial en eso que se llamó de manera legendaria como Nueva España. Cosa absurda porque, como dije, no existía nada viejo con tal nombre que se mereciera llamar así. Y la cosa fue a peor a medida que los colonos invasores seguían estableciéndose por todos los confines de tierras yermas por el genocidio y esquilmadas por la codicia. ¡Empezaron a fundar Universidades!

Qué arrogancia. Desde 1538 en que fuera la primera en Santo Domingo (¡anterior a la de Barcelona!), en una isla llamada también con el mitológico nombre de La Española, luego, en el Perú, en México… y así hasta llegar a un número de 30 en 1749. La más antigua fundada por los ingleses en Estados Unidos, Harvard, es de 1636. En 1746, más de un siglo después, con la de Princeton ya habrían fundado… sólo cuatro. ¡Cuánto que aprender del mundo anglosajón, protestante, elitista y puritano! Porque para colmo esas decenas de universidades hispanas estuvieron abiertas a nativos y recién llegados, pues las leyes les consideraba a todos como parte de la misma Corona. Inadmisible.

Y el colofón. Una Constitución como la que en Cádiz se aprueba con presencia activa de diputados americanos como el chileno Miguel Riesco, el cubano Juan Francisco Núñez del Castillo, el boliviano Francisco López Lisperguer, el portorriqueño Ramón Power, el ecuatoriano Mejía Lequerica, el guatemalteco Antonio Larrazábal, o el mexicano José Eduardo de Cárdenas. Así hasta 86 diputados ultramarinos. Para acabar redactando cosas en la promulgada el 19 de Marzo de 1812 como que «La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios». O que son españoles «Todos los hombres libres nacidos y avecindados en los dominios de las Españas, y los hijos de éstos». ¡El acabose!

Doscientos años más tarde, aquellos llamados dominios son libres de la tiranía y la vesania del mayor Imperio global de la Historia. Uno que llevó el conocimiento greco romano por todo el orbe. Que gastó oro y recursos en inutilidades a la postre, como decenas de patrimonios históricos de la Humanidad en América, así definidos por la UNESCO; decenas de universidades, imprentas, hospitales, instituciones… Y un idioma común para 500 millones como lo es el español. Nada de eso es importante. ¿Qué ha hecho España por nosotros, de nuevo insisto? ¡Nada! Está claro que más nos valdría haber sido invadidos por otros, aunque apenas hubiéramos quedado con vida algunos estabulados en unas pocas reservas para nativos americanos. No como ahora, que somos millones los que podemos gritar con encono: ¡Devuelvan el oro ya, malditos gachupines! 

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