miércoles, agosto 10, 2022

Dejar vivir o reprimir, esa es la cuestión

Un 4 de enero de 2020 la OMS publicaba a través de Twitter un comunicado advirtiendo de «la existencia de un conglomerado de casos de neumonía —sin fallecimientos— en Wuhan (provincia de Hubei)», aunque desde diciembre el Gobierno chino ya sabía qué es lo que estaba ocurriendo (o desde fechas anteriores, ya sabéis cómo funcionan allí las cosas).

Cuando los medios de comunicación empezaron a hacerse eco de esta información, nadie imaginaba en esos momentos que ese virus iba a llegar a España: «Bah, es imposible que llegue a nuestro país». Pero llegó.

Sí, desgraciadamente ese virus llegó a nuestras vidas o, mejor dicho, llegó a nuestras casas a través de los medios de comunicación, con la noticia de que este desconocido Covid-19 había aterrizado en las Islas Canarias. Un alemán había sido ingresado en un hospital de La Gomera tras haber sido contagiado.

Tras estos casi dos años conviviendo con el Covid-19, hemos aprendido que vivir con total libertad es el derecho más preciado que tenemos los seres humanos. Cuando nos quitan la libertad, nos lo quitan todo. La libertad de visitar a nuestros familiares y amigos sintiéndonos seguros, la libertad de besar y abrazar con total seguridad, la libertad de salir a disfrutar de los pequeños momentos de la vida como tomar una cerveza con amigos sin tener que entregar un código QR que verifique lo ‘seguro’ que eres. Y podría seguir…

Ahora, me pregunto: con estos datos de contagios y rozando el 80% de la población vacunada con la pauta completa, ¿por qué quieren seguir quitándonos nuestro derecho a ser libres? ¿Por qué los gobiernos no empiezan a valorar si de verdad vale la pena seguir imponiendo restricciones cada vez que los contagios aumentan?

Creo que ha llegado el momento de aprender a convivir con este virus, como si de una gripe se tratara.

El coronavirus ha llegado a nuestras vidas para quedarse, y no va a desaparecer aunque se reprima a la ciudadanía y se les prive de ilusiones, alegrías y de vivir en libertad. Todo ello con el objetivo de «intentar» frenar o conseguir que el Covid-19 desaparezca, pero esto no funciona así. Lo único que se está consiguiendo con la imposición de nuevas restricciones es que la humanidad pierda la ilusión y la alegría de reunirse, de volver a verse, de abrazarse y de besarse.

El virus nos está matando, sí, pero la falta de libertades también.

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