miércoles, octubre 5, 2022
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De las leyes injustas

La legislación catarí está generando estos días un profundo trauma en las conciencias occidentales. El Mundial se va a jugar allí, y los organizadores han asegurado que no van a transigir; que todo el mundo es bienvenido, pero que nada de saltarse las normas. Y no es que no se pueda follar, aunque también; es que no puede uno ni dar un beso o la mano en público. Al menos eso dice la Ley contra la instigación al libertinaje, la disipación y la fornicación, cuyo artículo 294 establece, además, una pena de cárcel de entre seis meses y tres años para todo aquel que «instigue el libertinaje, la disipación o el adulterio en público con palabras, gestos o cualquier otro medio». 

Así, no hay nadie en Occidente a quien no haya indignado que el Mundial se juegue este año en Catar. La legislación catarí, dicen, viola los «derechos humanos» y las «libertades fundamentales»; y los cataríes se defienden, claro, diciendo que son sus leyes, sus costumbres, y que hay que respetarlas. Exactamente el mismo argumento que se esgrimió para cuando lo de Djokovic en Australia, vaya: «Si quiere jugar, que se vacune. ¿Quién es él para incumplir la ley de un país?».

Con ese pretexto, una gran mayoría terminó justificando entonces que a un hombre sano se le aplicara un protocolo antiterrorista, que se le aislara, que se le impidiera ejercer su profesión, que se le negara la visita de un sacerdote durante su Navidad. Y mucho me temo, ay, que es la misma mayoría que se subleva ahora ante la legislación catarí. Pero aseguran que les parece distinto porque «Australia es una democracia y Catar no». Y lo dicen en serio, oye, como si se les olvidara que la segregación racial en Estados Unidos, la castración química a homosexuales en Inglaterra o el ascenso al poder de los nazis fueron procesos auspiciados por democracias pulcras, de esas en las que hay urnas y todo. Los australianos se limitaron a obedecer su ley. Y eso hacen los cataríes. Y eso hicieron los nazis a los que se juzgó en Núremberg.

Supongo que todo puede resumirse en que cuando la ley es injusta lo justo es desobedecerla (en Australia, en Catar, en Alemania). Eso dice santo Tomás. Y nuestro sentido común, que es todavía más importante.

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