domingo, febrero 28, 2021

De la “locura” de Trump al “buenismo” de Biden, por Pedro Baños (3/3)

Puede leer aquí la primera parte de este análisis.

Puede leer aquí la segunda parte de este análisis.

¿Retomará Biden el acuerdo nuclear con Irán?

En el penúltimo año de su mandato presidencial, Barack Obama, logró que Irán rubricara el Plan de Acción Integral Conjunto (Joint Comprehensive Plan of Action). Así, el 4 de abril de 2015, se firmaba en Viena el acuerdo marco sobre el programa nuclear iraní, un texto de más de un centenar de páginas -con cinco anexos- entre el gobierno de Teherán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de ONU (EEUU, China, Rusia, Reino Unido y Francia) más Alemania, conocidos como los P5+1. Posteriormente, el 14 de julio de ese mismo año, las partes acordaron el plan definitivo.

Era la culminación de un acuerdo inicial alcanzado en noviembre de 2013, impulsado personalmente por Obama, quizá sintiendo la necesidad política de justificar el premio Nobel de la Paz que le había sido concedido en octubre de 2009, prácticamente de forma preventiva pues apenas había empezado a calentar el sillón del Despacho Oval.

La realidad era que, hasta entonces, no había cumplido con ninguno de los tres motivos por los que tan generosamente le habían concedido dicho premio: desarme nuclear, paz en Oriente Medio y cambio climático.

Pero si Obama había pensado que podría engañar a los iraníes, obviamente se equivocaba. Herederos de una de las culturas más antiguas del mundo, en la que precisamente el engaño al extranjero está impreso en sus genes, dotados de ancestral astucia y sagacidad, los iraníes consiguieron dar la vuelta al tratado de tal forma que les fuera lo más favorable posible, por más que el presidente estadounidense lo publicitara de forma muy diferente, mostrándose ufano por haber logrado un teórico hito para garantizar la paz mundial, al evitar el peligro de una proliferación nuclear.

Cierto es que, según lo pactado, Irán se comprometía, durante diez años, a reducir el número de centrifugadoras en funcionamiento de unas 19.000 a 5.060, y a únicamente emplear las de tipo R-1, quedando prohibidas las R-2, e incluso modelos más modernos, que son entre cinco y diez veces más rápidas. Por otro lado, las centrifugadoras debían estar concentradas en Natanz, para facilitar las inspecciones. Y durante el mismo periodo de tiempo, el nivel máximo de enriquecimiento del uranio permitido sería del 3,67% (el habitual para uso industrial; para aplicaciones militares supera el 80%). Así mismo, y durante 15 años, las existencias y almacenamiento de uranio empobrecido se limitaban a 300 kilogramos. Al tiempo que, en relación con el plutonio, se debían rediseñar las instalaciones de Arak, cuyo núcleo tenía que ser destruido o sacado del país. Finalmente, Irán debía conceder el acceso a todas las instalaciones nucleares, minas y molinos, y a los centros de producción de centrifugadoras.

En definitiva, se contenía el desarrollo del programa nuclear entre 10 y 15 años, con el compromiso explícito de Irán con la no-proliferación, con lo que se limita la amenaza nuclear y las opciones de ataque militar.

Lo que en principio pudiera parecer un gran éxito, en realidad ocultaba importantes puntos ambiguos o de dudosa aplicación. Para empezar, no se hacía referencia a qué se iba a hacer con las centrifugadoras que dejarían de funcionar. Por otro lado, se autorizaba el funcionamiento de 1.044 centrifugadoras de alta tecnología en Fordow, para fines científicos (debiendo utilizar otros elementos diferentes del uranio), durante ocho años, lo que posibilitaba que, en caso de ruptura del acuerdo, se pudieran volver a utilizar de modo inmediato para el programa nuclear. Aunque se reducía –pero no se eliminaba- la cantidad de almacenamiento de uranio, no se obligaba a sacar el restante del país. Y quizá lo más relevante, considerado por los iraníes como un gran triunfo: no se contempla el avanzado sistema de misiles iraní, en modo alguno, lo que les permitía seguir evolucionando sus vectores de lanzamiento.

Con todo ello, la auténtica conclusión es que se mantenía intacta toda la infraestructura nuclear, no existiendo ninguna garantía ni mecanismo de pronta detección de incumplimiento del acuerdo. Por lo que se dejaba a la voluntad de los iraníes disponer de un programa nuclear en lugares fortificados.

Además, el hecho de que en pocos años Irán pudiera volver a tener a pleno funcionamiento el programa nuclear sin ninguna limitación tecnológica, hacía que este país se convirtiera de facto en una potencia nuclear “virtual”, al guardarse la baza de poder reanudar el programa en muy breve plazo de tiempo.

Por si fuera poco, quedaba en entredicho tanto la excesiva dependencia de la buena voluntad de las partes para la aplicación del acuerdo, como el dudoso procedimiento en caso de su violación o incumplimiento. Precisamente cuando se estaba negociando con un país, Irán, que se había mostrado como un gran experto en ocultamientos y en acumular pequeños y sucesivos incumplimientos.

Todo lo anterior se podría resumir así: si Irán decidiera no respetar el acuerdo, tendría a su disposición un programa nuclear de dimensiones industriales instalado en lugares fortificados. Incluso si respetara el acuerdo, al cabo de 10/15 años tendría en pleno funcionamiento un programa nuclear y sin ninguna limitación tecnológica, de nivel de enriquecimiento o respecto a instalaciones. No había ninguna garantía ni mecanismo de pronta detección de incumplimiento del acuerdo.

Así las cosas, es compresible los recelos de Donald Trump, una vez que, ya en su puesto de presidente, fue informado por sus asesore de los detalles menos conocidos.

Pero había algo más.  Aunque el tiempo nos haya borrado parcialmente la memoria, debemos hacer un esfuerzo por recordar que, tan pronto como fue firmado el acuerdo, la visión que había en Europa sobre Irán cambió con rapidez. Hasta ese momento, y desde que Jomeini llevara a cabo su revolución y se hiera con las riendas del poder, en 1979, se nos había trasladado, y con gran insistencia, la imagen de un Irán al que se señalaba como foco y origen de todos los males. Lo que generaba una profunda animadversión hacia el país persa. Sin embargo, de repente pasó a ser deseado. Fueron muchos los altos cargos europeos que se desplazaron hasta Irán para intentar cerrar pingues negocios. No era para menos. Irán, en una pésima situación económica a consecuencia de las sanciones y embargos que llevaba años sufriendo -impuestos durante años por EEUU-, esperaba como agua de mayo la liberación de decenas de miles de millones de dólares que se le habían congelado desde hacía décadas. Con ese dinero esperaba no solo reanimar su maltrecha economía, sino también adquirir productos y medios, construir instalaciones y levantar industrias que necesitaba con urgencia. Y ante estas enormes perspectivas de negocio, allí se lanzaron algunos de los principales políticos europeos, a la caza de una parte del pastel. Ni que decir tiene que Irán estaba encantado con hacer negocios con los países europeos -menos con Reino Unido-, y dejar totalmente de lado a EEUU. Todavía tiene abiertas las heridas tanto del golpe de estado acontecido en 1953 -por el que se expulsó a los nacionalistas del poder y se impuso al Sha como gobernante, y en el que mucho tuvieron que ver los servicios de inteligencia británico y estadounidense-, como de las secuelas de la revolución de 1979. De este modo, se empezaron a firmar precontratos para adquirir aviones, vehículos y otra multitud de productos europeos.

Informado también a este respecto Trump, su instinto de hombre de negocios le puso sobre aviso. No entendía cómo se podía haber sido tan ingenuo como para desbloquear semejantes sumas de dinero y que Teherán pretendiera gastarlo en otros países, dejando al margen a EEUU, justo a quien había sido el verdadero artífice del acuerdo nuclear.

Por si fuera poco, Trump buscaba hacer un guiño a Israel, país estratégico con el que pretendía reforzar unas relaciones debilitadas durante la Administración Obama, y que seguía viendo a Irán como una amenaza, directa e indirecta, para su seguridad nacional, comenzando por su apoyo a Hamás y siguiendo por su presencia cada vez más potente en la vecina Siria.

De este modo, finalmente, en mayo de 2018, Donald Trump retiró a su país del acuerdo y restableció las sanciones a Irán, con la esperanza (sin éxito) de terminar de asfixiarle económicamente y que fuera el propio pueblo iraní quien se levantara contra sus dirigentes y lograran un cambio de gobierno, ayudados por acciones indirectas propiciadas por los servicios de inteligencia estadounidenses y de algunos de sus tradicionales aliados.

Pero Irán es un hueso de roer, como lleva años demostrando. No solo no se ha amilanado, sino que hay ido cogiendo más fuerza en Oriente Medio. Ha creado su particular “arco dorado de resistencia”, con aliados fieles, que va desde Yemen a Siria, pasando por Irak, y sin olvidar a Afganistán. Con el apoyo implícito de otras potencias, como China, ha seguido exportando parcialmente sus recursos y sorteando las sanciones, si bien con grandes penalidades.

En lo que respecta al tema nuclear, el desarrollo misilístico ha sido notable. Y no es todo. Tan pronto como EEUU se retiró del acuerdo, Irán comenzó a enriquecer uranio, llegando al 4,5%. Apenas comenzado este año 2021, Teherán anunció que el complejo Shahid Almohammadi, perteneciente a la instalación nuclear subterránea de Fordow, había comenzado el proceso de enriquecimiento de uranio hasta el 20%, sobrepasando holgadamente el 3,67% acordado. Aunque todavía lejos del 80% en el que comienza el uso militar, es un gesto destacado, por no decir un desafío claro a los países firmantes del acuerdo.

Este es el panorama que se encuentra ahora Joe Biden “el pacificador”. Una espina que se le puede atragantar fácilmente. Si resucita el acuerdo nuclear, nada le garantiza la “lealtad” iraní. Por si fuera poco, este hecho le indispondría con Israel. Y de llegar a recuperarlo con plenitud, se podrían volver a encontrar en la tesitura de tener que ver cómo los iraníes adquieren productos europeos y ningunean a EE.UU. De lo que no hay duda es de que sus socios de Europa le animarán a recuperar el acuerdo, con los ojos puestos en los previsibles negocios, máxime en un momento en que la economía del Viejo Continente, a causa de la pandemia de la Covid, está fuertemente afectada.

Obviamente, una solución sería -como ya intentó Trump- que los iraníes le garantizaran que serían las empresas norteamericanas las que salieran beneficiadas. Pero esto sería perjudicial para el gobierno iraní, pues su pueblo no lo iba a asumir sin abierta oposición.

En caso de que éstas y otras cuestiones le hagan a Biden replantearse la reanimación del acuerdo nuclear, estaría renunciando a una de sus principales promesas electorales. No es que sea algo que nos deba sorprender, por ser lo más habitual entre los políticos, pero sí quedaría su imagen en entredicho. Y es que eso es lo que tiene ponerse demasiado digno y prometer en exceso. Aunque siempre tiene el recurso, como vemos con excesiva y vergonzosa frecuencia, de decir aquello de que no tenía la suficiente información, y que solo ahora, al conocer todos los detalles, puede adoptar la pertinente decisión. En el caso de Biden esta triquiñuela es más difícilmente admisible, teniendo en cuenta de que no llega de nuevas a la política -lo que sí fue el caso de Trump-, pues medio siglo de experiencia pesa sobre sus espaldas, y de ellos ocho años como vicepresidente.

Será interesante observar cómo Biden aplica su estrategia del “buenismo” a este caso. Corre el indudable riesgo de que los iraníes le toreen, como ya hicieron con Obama.

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