sábado, julio 2, 2022

De Descartes al hombre embarazado

Que Netflix anuncie una serie protagonizada por un hombre embarazado es una excusa cojonuda para escribir, no sobre Netflix, que me aburre, ni sobre lo woke, que me aburre todavía más, sino sobre el liberalismo. Porque aunque los haya que no quieran verlo, no hay un salto tan grande entre, qué se yo, Descartes o Rousseau y Kentaro, que así se llama el protagonista de la serie. Todo reside en el voluntarismo propiamente moderno, que nos impele a negar que hay algo —la naturaleza, el ser de las cosas— fijo, estable e independiente de la voluntad humana.

Sí, ya sé que «liberalismo» es un concepto amplio, inabarcable, aunque sólo sea porque existen muchas escuelas liberales enfrentadas entre sí. Está, por ejemplo, el liberalismo de corte clásico, ése que procura rescatar algo de la moral cristiana y que reivindican hoy los liberal-conservadores, y está también ese otro liberalismo anarquistoide, que no pretende siquiera un estado mínimo sino la desaparición del estado. Y entre ellos hay muchas diferencias, pero también similitudes. Así, si uno tuviese que ensayar una definición o, mejor, señalar un elemento común entre todas las escuelas liberales, ése sería el voluntarismo. Que no es sólo el del contrato social, no: es también el de la aparición del estado y la soberanía, la destrucción de lo comunitario, la quiebra de la cristiandad o la preeminencia del derecho positivo.

A eso me refiero con «liberalismo»: a una ideología voluntarista cuyo origen podemos rastrear en Ockham y su negación de los universales y que desarrollan luego filósofos tan distintos como Descartes, Locke, Bodino o Rousseau. Su punto de partida es rechazar que la realidad se nos impone, que sólo podemos transformarla hasta cierto punto, y esa tesis la exporta a su concepción del poder, la comunidad, la teología, la ley, la verdad. Descartes sienta sólo las bases, porque para él las cosas sí tienen naturaleza pero no la podemos conocer (los sentidos nos engañan), y este es el paso necesario para dar el último salto, ése que permite que hoy existan cientos de géneros, personas que se despiertan varón y se acuestan mujer y hombres embarazados: puesto que no podemos conocer la naturaleza de las cosas, éstas sólo tienen, de facto, la naturaleza que nosotros les damos. O sea, que es nuestra mente la que construye y moldea la realidad a su antojo. No existe lo objetivo, lo inalterable, lo permanente. Sólo de ese modo, es decir, sólo si creemos que la realidad es producto de nuestra mente cabe en ella un hombre embarazado.

Da la sensación de que la explicación es demasiado intrincada como para referirse a una serie que será, estoy seguro, infumable, pero no se me ocurre otro modo de hablar de la última tontería woke de Netflix. Ya se sabe que para que a uno lo lean tiene que ceñirse a la actualidad, y a veces ni con esas.

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