Historia
Breve historia del muro de Berlín, por Fernando Díaz Villanueva

Breve historia del muro de Berlín, por Fernando Díaz Villanueva

Al terminar la Segunda Guerra Mundial en Europa en mayo de 1945, Alemania fue desmembrada y ocupada. El Reich de los mil años del que hablaba Hitler apenas duró doce, seis de los cuales en guerra, al término de la cual el país estaba completamente devastado. Unos siete millones de alemanes habían muerto durante la contienda, Alemania se encontraba físicamente en ruinas, moralmente arrasada y, para colmo de males, los aliados acordaron transferir el 25% de su territorio a Francia, Polonia y la Unión Soviética. El 75% restante fue ocupado por los principales aliados, que se la repartieron en cuatro zonas. El Reino Unido al norte, Estados Unidos en el centro y sur, Francia el suroeste y la URSS el este. 

Berlín, la capital, seguía el mismo patrón: los franceses ocuparon los distritos del norte, los británicos los del centro, los estadounidenses los del sur y los soviéticos los del este incluyendo el centro neurálgico de la ciudad, lo que se conoce como Berlín-Mitte, la parte donde había nacido Berlín siglos antes y en la que se encuentran iconos berlineses tradicionales como la catedral, la avenida Unter den linden, la plaza Gendarmenmarkt o la Puerta de Brandeburgo. 

Como solución rápida y de compromiso aquello funcionó al principio, pero a la vuelta de dos años los aliados no sabían muy bien qué hacer con Alemania. Primero se pensó en ruralizarla y convertirla en una nación agraria conforme a un plan elaborado en 1944 por Henry Morgenthau, a la sazón secretario del Tesoro de Estados Unidos. Pero en 1947 abandonaron esa idea y la sustituyeron por el Plan Marshall.

La Unión Soviética rechazó la iniciativa estadounidense con su propio plan de reconstrucción. En el Kremlin querían reunificar Alemania, pero sólo si orbitaba en torno a Moscú como el resto de los países del este de Europa. Para forzar la retirada de los aliados occidentales el 24 de junio de 1948 Stalin decretó el bloqueo de los accesos a Berlín oeste. No se podía entrar por tierra en las zonas administradas por estadounidenses, británicos y franceses, pero sí por aire ya que, en los acuerdos de Potsdam, se habían previsto unos pasillos aéreos para abastecer la ciudad desde el oeste. Washington se agarró a ello y puso en marcha un puente aéreo que mantuvo su zona de Berlín con vida durante casi un año.

El bloqueo había fracasado y fue el pistoletazo de salida para la creación de dos Estados alemanes. Uno al oeste formado sobre las zonas de ocupación de Estados Unidos, Francia y el Reino Unido y otro al este sobre la zona soviética. Berlín quedaba enclavada en el corazón de la recién nacida República Democrática Alemana. La frontera interalemana era un agujero en la alambrada que, a instancias del Kremlin, se estaba tendiendo entre las costas del Báltico y las del Adriático. En principio no le dieron importancia. Pensaban que gracias al socialismo pronto la RDA sería más próspera que su contraparte occidental, por lo que serían los alemanes del oeste los que emigrarían en masa hacia el este. Pero no fue así, y eso pudo comprobarse desde el primer año.

La huida de la República

En 1950, 187.000 ciudadanos de la RDA se mudaron al oeste; en 1951, fueron 165.000; 182.000 en 1952; 331.000 en 1953. El país se estaba vaciando y casi todos los que se iban eran jóvenes. En 1952, el Gobierno de la RDA ordenó cerrar a cal y canto la frontera entre las dos Alemanias, pero en Berlín no era tan fácil. La frontera partía la ciudad en dos por el mismo centro. Había lugares en los que la línea entre el oeste y el este era una calle, los números pares estaban en la RDA y los impares en la RFA, en otros la acera pertenecía al oeste y la fachada al este, en algunos casos el edificio estaba en una zona y el patio en otra. Era algo realmente complicado, así que lo dejaron estar.

Pero la gente seguía marchándose, y no sólo los berlineses. Los germanorientales podían viajar desde Dresde o Leipzig hasta Berlín con cualquier excusa como visitar a un familiar y, una vez allí, cruzar al oeste sin que nadie les incomodase. En el lado occidental no tenían más que tomar un tren y dirigirse a Hamburgo o a Múnich. Para el año 1961 se habían ido ya tres millones y medio de personas, un 20% de la población de la RDA. Los alemanes del este escuchaban la radio occidental y veían su televisión. Como podían cruzar libremente al otro lado veían con sus propios ojos lo bien que les iba a “los capitalistas”. No sólo podían viajar libremente, sino que además tenían mejores empleos, una oferta creciente de bienes de consumo que podían adquirir con su salario. Un salario que les abonaban en dinero de verdad, marcos alemanes del oeste convertibles en cualquier otra moneda del mundo y con los que se podía comprar de todo. El marco oriental era papel pintado que sólo aceptaban en las pésimamente abastecidas tiendas del este. Los berlineses occidentales vivían, además, en una democracia. La prensa era libre y se podía protestar, criticar al Gobierno y declararse en huelga. Todo eso era impensable en la Alemania oriental. 

La paranoia se apoderó de los líderes de la RDA que no sabían como contener la hemorragia. Acuñaron un término bélico: ‘Republikflucht’ (deserción de la República), que se convirtió en un delito grave. Los que lo perpetraban, los ‘republikfluchtlinge’, se enfrentaban a duras penas de cárcel o incluso a ser deportados a campos de trabajo en la lejana Rusia. Pero de nada servía esa ley si se podía seguir “desertando” por Berlín. Bastaba con tomar el Metro o hacerlo a pie. Uno podía amanecer en un suburbio de Berlín este y acostarse esa noche de camino a Hannover en un coche cama sin que nadie le hubiese pedido ni un papel. 

“Nadie está pensando en levantar un muro”

Sólo quedaba construir un muro. Y eso es exactamente lo que hicieron, aunque al principio lo negasen con vehemencia. El 15 de junio de 1961, Walter Ulbricht, primer secretario del SED (Partido Socialista Unido), dijo a la prensa que nadie estaba pensando en levantar un muro. Le traicionó el subconsciente. En eso mismo pensaban y, de hecho, tenían el proyecto ya muy avanzado. Dos meses más tarde, en la medianoche del domingo 13 de agosto, miles de soldados se apostaron sobre la línea que separaba los dos sectores de Berlín. Tras ellos unos operarios iban tendiendo una valla de alambre de espino. Horas más tarde los berlineses de ambos lados contemplaron con sus propios ojos la dantesca escena sin dar crédito a lo que estaban viendo. Aquella gente estaba partiendo una de las mayores ciudades de Europa con un alambre propio de una prisión. Tendrían, eso sí, tiempo de acostumbrarse porque aquello duraría casi tres décadas. 

Ese muro del verano de 1961 fue la primera de las versiones. Se trataba de una simple alambrada vigilada por guardias. Tenía 43 kilómetros de recorrido desde los bosques de Pankow en el norte hasta el distrito de Neukölln en el sur. Una semana más tarde, el 17 de agosto, los operarios empezaron a levantar el muro propiamente dicho, que en esta primera fase estaba compuesto por simples bloques de hormigón unidos con cemento. El muro dividía no sólo la ciudad con sus calles y avenidas, también separaba a las personas. Familias y amigos que ya no se podrían volver a ver en mucho tiempo porque Ulbricht cerró todos los pasos fronterizos. No se podía cruzar ni en un sentido ni en el otro.

La denominación oficial de aquella monstruosidad era “muro de contención antifascista”, un eufemismo que la propaganda oriental empleó intensamente, pero los berlineses sabían que era mentira, conocían a la perfección lo que había llevado a sus gobernantes a levantarlo. Se estaban marchando de la República y ese era el único modo de detener la sangría. Poco a poco las autoridades de la RDA fueron sellando Berlín oeste en todo el perímetro. Tuvieron que levantar una cerca de 156 kilómetros de longitud, 111 de ellos de hormigón y el resto vallas de cuatro metros de altura.

En junio de 1962, se reforzó la línea fronteriza construyendo una segunda cerca unos cien metros retranqueada sobre el muro original. Entre medias habilitaron una franja de tierra atravesada por una carretera. A esa franja pronto se la bautizó como ‘todesstreifen’ o franja de la muerte. El que se aventuraba en ella ya sabía a lo que se exponía. Para ir abriendo espacio se dinamitaron numerosos edificios. Sus inquilinos eran desalojados y reubicados a la fuerza en otras partes de la ciudad. En 1965, se mejoró el muro original y en 1975 se levantó la última versión, la que todos conocemos gracias al cine y la fotografía. En la RDA era conocida como muro de cuarta generación. Se trataba de una infraestructura muy sofisticada. Llevó cinco años concluirlo.

Estaba compuesto por 45.000 paneles de hormigón armado de tres metros y medio de altura rematados por un canuto para evitar que quien llegase hasta ahí pudiese escalarlo. Tras él, en la franja de la muerte, se colocaron capas de clavos (alfombra de Stalin lo llamaban), barreras anti-vehículos y erizos checos por si la invasión se realizaba con unidades acorazadas. Era todo propaganda. Los erizos checos sirven para dificultar el avance de los carros de combate y eso abonaba la tesis oficial de que era la primera línea de defensa para un ataque inminente desde el oeste. Para vigilar el muro se construyeron 116 torres y 20 búnkeres, atendidos las 24 horas del día por guardias armados con órdenes de disparar. Para mediados de los años 80, el muro era prácticamente infranqueable. Nadie en su sano juicio se planteaba siquiera acercarse a él. De los 239 muertos tratando de cruzar a Berlín oeste la mayor parte murieron antes de 1975. De 1975 a 1989 sólo 20 personas fueron abatidas, muchas en el río Spree que en algunas zonas hacía frontera, por lo que lanchas patrulleras de la Volkspolizei lo recorrían día y noche. 

La ciudad-isla, la ciudad-cárcel

Berlín oeste se encontraba cercado, pero no aislado. Para llegar a la ciudad desde la RFA había que hacerlo a través de unos corredores determinados. Se habilitaron cuatro accesos ferroviarios y otros cuatro terrestres a través de los cuales pasaban autopistas sin salidas y valladas a ambos lados. La RDA encontró en estas autopistas una fuente de divisas muy interesante. Primero cobraban un peaje, posteriormente llegaron a un acuerdo con Bonn para que se pudiese circular sin pagar. Eso sucedió a partir de 1980. El Gobierno de la RFA pagaba 50 millones de marcos al año para que se pudiera viajar desde y hasta Berlín sin coste. 

La conexión aérea estaba más limitada. Había tres corredores. Uno desde Fráncfort, otro desde Hamburgo y otro más desde Baviera. Sólo podían volar aerolíneas aliadas con una autorización especial. Estas aerolíneas eran PanAm, British Airways y Air France. Lufthansa tenía prohibido volar a Berlín. En Berlín oeste había dos aeropuertos: Tegel en el sector británico y Tempelhof en el estadounidense. Tegel se convirtió en el aeropuerto comercial de la ciudad porque Tempelhof tenía una pista muy corta y no se podía ampliar. 

Salir de la ciudad no era complicado, pero tenía sus limitaciones por la distancia y los horarios de los trenes y aviones. Lo problemático era entrar en Berlín este. Había ocho puntos de entrada en la ciudad, pero no todos servían porque había una serie de restricciones a tener en cuenta. Los berlineses del oeste podían pasar por seis de ellos. Los ciudadanos de Alemania Federal por uno, el de la Bornholmer strasse. Los extranjeros tenían que hacerlo por el de la Friedrichstrasse, más conocido como Checkpoint Charlie. También se podía cruzar en metro a través de la estación de Friedrichstrasse que enlazaba con la red de Metro oriental. Los pasajeros llegaban al andén B, donde se encontraban dispuestas las garitas fronterizas. 

Para atravesar la garita había que solicitar con antelación un visado que podía demorarse semanas. Una vez concedido, antes de entrar había que cambiar obligatoriamente 25 marcos del oeste a la razón de 1-1. Aquello era básicamente un atraco para captar divisas porque el marco oriental valía muy poco. En los años 80 la frontera se cruzaba mucho, pero sólo en el sentido oeste-este. Cientos de miles de turistas llegados de todo el mundo visitaban Berlín este todos los años por pura curiosidad. Aquello parecía un museo del estalinismo y, aunque no se podía comprar nada, ni comer, ni apenas tomar fotografías, era una excursión habitual entre los que llegaban a Berlín desde el mundo libre.

Treinta años antes había sido mucho más difícil de atravesar. La frontera estuvo totalmente cerrada desde 1961 a 1963. En la Navidad de este último año se permitió a los berlineses occidentales pasar a ver a sus familiares. A partir del 71 se permitió entrar a los alemanes del oeste con visado y cambiando dinero al entrar. En el sentido inverso siempre estuvo prohibido cruzar la frontera salvo contadas excepciones. Una eran los pensionistas. Les dejaban pasar porque, si se quedaban en el otro lado, no habría que pagarles la pensión. Otra eran los familiares si se producía un fallecimiento al otro lado. Pero tenían que solicitarlo y demostrarlo documentalmente. 

Como vemos, se trataba en esencia de una cárcel. A pesar de todo, unas cinco mil personas consiguieron escapar al oeste durante los 28 años de existencia del muro. La mayor parte durante los primeros años, a partir de 1975 se convirtió en una empresa imposible. Pero los berlineses del este demostraron ser muy ingeniosos. Burlaron el muro de los modos más insospechados. Cavaron túneles, instalaron tirolinas, llegaron incluso a fabricar globos caseros que se elevaban en el lado oriental en espera de que el viento del este les empujase hasta el oeste. Algunos huyeron por las alcantarillas, lo que obligó a las autoridades a taponarlas, los más audaces se empotraron con un automóvil contra las primeras versiones del muro, cuando aún era posible derribarlo de un impacto. Para evitar las arremetidas en los checkpoints la policía oriental disponía accesos en zigzag reproducidos a menudo en el cine. 

“Señor Gorbachov, tire este muro”

En 1988, parecía que el muro iba a estar ahí siempre. En enero de 1989, el líder de la RDA Erich Honecker aseguraba ufano que duraría cien años, pero la realidad es que no le quedaba ni un año de vida. Rebobinemos unos meses. En el 87, Ronald Reagan visitó la ciudad y dio un discurso frente al muro en el que pronunció una frase que ha pasado a la historia: “Señor Gorbachov, abra esta puerta, tire este muro”, dijo ante una entregada audiencia a sólo unos metros de las planchas de hormigón que antecedían a la Puerta de Brandeburgo.

En esos años, Mijaíl Gorbachov estaba llevando a cabo un programa de reformas muy profundo en la Unión Soviética, al que dieron en llamar Perestroika. A Honecker, que era de la vieja guardia, aquella música no le agradaba lo más mínimo. No estaba dispuesto a reformar nada y así se lo hacía saber a todo el que le quería escuchar. Pero la Perestroika sí estaba afectando a países vecinos como Checoslovaquia o Hungría. Durante el verano del 89, muchos berlineses huyeron a Praga o Budapest tras enterarse de que desde allí ya se podía pasar al oeste sin problemas. Honecker respondió prohibiendo los viajes y endureciendo la represión. Pero había perdido ya el apoyo soviético, por lo que no le quedó otra que dimitir. Esto sucedió el 18 de octubre del 89. Le sustituyó Egon Krenz, un apparátchik del SED más joven que había estudiado en Moscú. Suponían que alguien así se entendería mejor con Gorbachov. 

Pero a partir de ahí los acontecimientos se aceleraron. El día 4 de noviembre, medio millón de personas se concentró en la Alexanderplatz pidiendo apertura política y que se abriese también la frontera. Eso alarmó a Krenz que ordenó redactar una nueva normativa de viajes que se anunciaría el día 9. Todos estaban expectantes, pero nadie esperaba que fuese a caer el muro, a lo sumo que las restricciones de viaje se aliviasen un poco. Llegó el día 9 y el portavoz del Gobierno, Günter Schabowski, compareció ante la prensa, leyó el comunicado y dio paso a las preguntas. Un reportero italiano de la agencia ANSA le preguntó cuándo entraría en vigor la nueva normativa. Schabowski dudó un momento, miró al periodista y le dijo: “Por lo que sé ya mismo, sin más demoras”.

Poco después la cinta con esa frase llegó a la redacción de la ARD en Hamburgo que la pasó por el informativo de las ocho de la tarde, el más visto de Alemania, de las dos Alemanias. El presentador, Hans Joachim Friedrichs, abrió el telediario anunciando que ese era “un día histórico” porque la RDA había anunciado que las fronteras estaban abiertas. En Berlín este todos veían el Tagesschau de la ARD porque la televisión oriental tenía una producción escasa y de baja calidad, especialmente aburrida y los informativos eran simple propaganda oficial. Si lo decían por la ARD es que era verdad. Minutos después una multitud se abalanzó sobre los checkpoints para cruzar “porque lo había dicho Schabowski”. Durante algo más de una hora reinó la confusión. Se cruzaron las llamadas, pero nadie sabía nada y los guardias fronterizos no querían disparar. A las 22:10 el comandante del control de la Bornholmer strasse cedió y abrió la barrera. El muro acababa de caer.

Al otro lado estaban los berlineses occidentales que les esperaban con flores. Una hora después grupos cada vez más numerosos empezaron a encaramarse sobre el muro y a bailar encima de él. Esa misma noche arrancó la demolición. Primero con martillos improvisados que traían espontáneos, a partir de 1990 mediante buldozers y grúas. En menos de un año había desparecido salvo algunas secciones que se dejaron como recuerdo. En la Bernauer strasse se conserva una buena porción con todos sus elementos, incluida la torre de vigilancia. Junto al río hay otro lienzo de kilómetro y medio llamado East Side Gallery, hoy decorado por artistas internacionales. Eso más algunos fragmentos repartidos por el mundo es todo lo que queda de aquella infamia. De las generaciones presentes y venideras depende recordar lo que le sucedió a Berlín y mantenerse vigilante para que algo así no vuelva a sufrirlo ninguna otra ciudad. 

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