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Apología de Nacho Cano, o elogio al mestizaje

Proyecto de la pirámide de Nacho Cano.

Nacho Cano, parece ser, lleva diez años trabajando en un musical del que, por mi parte, apenas conozco nada salvo su temática, según se ha sabido por la prensa, y ello a propósito del arrendamiento o adquisición de un terreno (no lo sé bien ni me importa mucho) que el ex componente de Mecano va a utilizar para, al parecer, montar el escenario, una gran pirámide precolombina, en cuyo interior se desarrolla parte de la acción. Los protagonistas son Hernán Cortés y la Malinche y su hijo en común, mestizo, Martín Cortés Malintzin. Ignoro el enfoque y la base documental en la que Cano se haya podido haber fundamentado para el desarrollo del musical, pero, sea como fuera, la misma temática, sin más, y su cercanía a Isabel Díaz Ayuso (tras el gesto de reconocimiento hacia la presidenta de la CAM realizado al recibir un premio) ya parece haberle granjeado enemigos irreconciliables, en el seno de su profesión, que lo colocan en un lugar de no retorno en el espectro ideológico: la “extrema derecha”.

Por mi parte voy a arriesgar una apología de Nacho Cano, sin conocer nada del megamusical, en cuanto al acierto que me parece el mero hecho que centre la temática en un aspecto característico de la conquista española de América: el mestizaje.

Si algo clama a la evidencia en el comportamiento histórico de España, sobre todo en suelo americano, es precisamente el carácter mestizo de la demografía hispanoamericana, siendo ello una consecuencia directa de la acción imperial, que no colonial, allí. Roca Barea lo dice muy bien en su Imperiofobia, distinguiendo colonialismo de imperialismo: “La historiografía académica no ha hecho muchos esfuerzos por distinguir colonialismo de imperio. […]. Son dos movimientos de expansión completamente distintos. El imperio es expansión incluyente que genera construcción y estabilidad a través del mestizaje cultural y de sangres. Con lo dicho, el colonialismo no tiene en común más que el movimiento de expansión inicial. No produjo ni mestizaje ni estabilidad. Es excluyente y basa su estructura en una diferencia radical entre colonia y metrópoli” (Imperiofobia y leyenda negra, ed. Siruela, 2016, p. 422).

La acción imperial de la conquista española en América, por tanto, implica, según el modelo alejandrino, el connubium y el convivium entre poblaciones, y ello viene derivado de la necesidad de incorporación (e integración, a pesar de la mutua intolerancia religiosa) de la población mudéjar, según va teniendo lugar el desarrollo del programa “reconquistador” (particularmente a partir de la conquista de Toledo, al ocupar sucesivamente las cuencas del Tajo, Guadiana y Guadalquivir). Un modelo, el del derecho castellano fraguado en este contexto, sobre todo con la conquista de Granada, que después se trasladará a América.

Y es que sostén de la presencia española en Indias es el trabajo del indio. Poco interés, por tanto, había en producir en él su “destruición”, la destruición de la Indias, como quiere hacer creer Bartolomé de las Casas.

Uno de los (muchos) contradictores de Las Casas, el capitán Bernardo Vargas Machuca, en sus Discursos apologéticos en controversia del tratado que escribió don fray Bartolomé de las Casas en el año 1552, intitulado “Destrucción de las Indias”, hace dos observaciones muy importantes, la primera relativa a que la administración de justicia en Indias no era distinta de la aplicada en la España peninsular, en Francia o en Alemania, empleando los mismos medios; y la segunda, muy importante, es que a nadie interesaba más que al español la conservación con vida del indio (y no su aniquilación), porque, dice Vargas Machuca, “sin ellos la tierra no da frutos”. De hecho, la encomienda es la forma de organización productiva en Indias que, necesariamente, implicaba la conservación del indio, protegido además de una legislación social, la dispuesta en las Leyes de Indias, muy benevolente para el indio (será tras la emancipación, a través de la “igualdad legal”, y con la hacienda como unidad básica productiva, como el indio quedará marginado, fuera de la ley, o incluso, en otros casos, oprimido dentro de la ley).

No tiene ningún sentido, pues, hablar de “genocidio” o de “destrucción del indio” cuando la supervivencia allí de la acción imperial dependía totalmente del trabajo indígena. Por más que muchos lo digan, es completamente absurdo, por ahistórico (incluso antihistórico), identificar las encomiendas con los lager alemanes de los años 30 y 40. Pérez Barradas, en su importante libro Los mestizos de América, discutirá muy bien esa pretensión tendenciosa (que asimila campos de trabajo americanos y campos de concentración alemanes), y dirá, a propósito de las Leyes de Indias, “si a los hombres hay que juzgarlos por los propósitos, y no por sus realizaciones, a España le cabe la honra de haber dictado una legislación social inmejorable para proteger al nativo, como son las Leyes de Indias. El que estas no se cumplieran al pie de la letra, el que se cometieran abusos y arbitrariedades, el que desalmados y criminales hicieran de las suyas en un apartado rincón americano no da la base para rebajar los propósitos nobles y cristianos a favor del indio. Lo esencial, repetimos, son los propósitos, no los hechos particulares. Los campos de concentración alemanes no son menos criminales porque en ellos haya habido médicos humanitarios que no hayan cumplido las órdenes de matanzas en masa” (Pérez de Barradas, Los mestizos de América, ed. Espasa Austral, p. 182).

Y es que los propósitos del Imperio español no eran aniquilar a la población nativa americana (como sí era el propósito de los campos de exterminio la aniquilación de la población que allí entraba), sino, al contrario, conservarla y reconducirla hacia una vida en sociedad civil (hoy diríamos en “estado de derecho”), entre otras cosas, para cumplir en ellos la misión evangelizadora. Otra cosa es que, resultado de esta reconducción, la población indígena decayera (y nunca en las fantásticas cifras dadas por Hugo Chávez, según hemos visto más arriba), pero no en razón del empeño aniquilador del conquistador (que no existió), sino debido a otras causas (enfermedades, muchas de ellas venéreas, desfallecimiento por el proceso de aculturación, etc.).

Una de esas causas es, también, el mestizaje, precisamente por lo que este tiene de transformación híbrida (y no desaparición) de la población americana. Y es que, acierta a decir de nuevo Pérez de Barradas muy bien, “cada mestizo que nacía era un indio menos” (p. 189). Siendo, además, la población mestiza, al lado de la indígena, de especial protección a través de cédulas (la primera la dada el 3 de octubre de 1533) por la que la Corona ordenaba el cuidado de la población mestiza obligando a los progenitores españoles (peninsulares o criollos) al ejercicio de la patria potestad, y no fueran abandonados, ni ellos ni sus madres indígenas. En este sentido casi todos los conquistadores tuvieron hijos naturales mestizos, empezando, claro, por Cortés, no siendo la condición racial obstáculo alguno para la promoción y ascenso social. A Martín, el hijo que el marqués del Valle tuvo con doña Marina (“la Malinche”), y se supone protagonista del musical de Nacho Cano, se convirtió en cortesano en España, y consiguió su nombramiento de miembro de la Orden de Santiago.

No hubo, por tanto, en contraste con Norteamérica, un expolio, mucho menos una aniquilación, de la población indígena, sino al contrario, una protección y mezcla sobre la misma, intentando su integración de pleno derecho en el ordenamiento institucional imperial español. Una integración que viene canonizada ya del trato “peninsular” con moriscos y judíos. A este respecto afirmará Gregorio Marañón, con nitidez, en el prólogo del libro de Barradas, “los españoles nunca hemos hecho violencia en nombre de la raza. […]. Los que tramaron la Leyenda Negra eludieron, como es natural, el tocar este punto, que representa una gloria nada banal en nuestro haber civilizador”, y añade más adelante, en referencia al exterminio judío por los nazis, “ha sido preciso vivir los tristes años pasados, en pleno siglo XX, para que se diera el mundo cuenta de que la unidad religiosa, en los comienzos del siglo XV, era una aspiración necesaria y legítima de los reyes españoles, y que estos la realizaron con respeto intachable del problema racial, que es el que ha dado carácter verdaderamente odioso a las recientes persecuciones antijudías”.

En definitiva, desconocemos totalmente la obra de Nacho Cano, cuyo estreno estaba planeado para octubre de 2020, y postergado con la pandemia, pero ya nos parece un acierto, sin más, la elección del tema, la conquista americana, y su enfoque mestizo.

Quién iba a pensar, allá por los ochenta, cuando siendo niños buscábamos en la radio canciones de Mecano, para grabarlas en casetes y poder así volverlas a escuchar, sus temas se iban a convertir con el paso del tiempo casi que en canción-protesta. Es verdad que, ahora, suena reivindicativo y hasta contestatario aquel desiderátum de unión entre “españolitos”, que, “enormes, bajitos”, aunque fuera “por una vez” se deseaba ver que hicieran “algo a la vez” (aprovechando el despiste del cura, por cierto).

Y es que, hay que decir, que cuando se pusieron a “hacer algo a la vez” conquistaron un continente entero, mezclándose con la población indígena. No está mal.

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