miércoles, diciembre 7, 2022
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Agentes del progreso, los nuevos pastores de borregos

Los responsables de contrastar la información (fact-checkers) de Maldita compartieron una infografía de un “iceberg del odio”. Este iceberg constaba de distintos niveles en los que se indicaba cómo podía escalar el odio hasta sus peores consecuencias: desde los más bajos, en los que se encontraban los chistes hirientes o los prejuicios, hasta los más altos, en los que se agrupaban las violencias físicas. Con este tipo de infografías simplonas tratan de convencernos de que algo tan nimio como no utilizar el lenguaje inclusivo es paso previo a cometer un genocidio.

Otro ejemplo parecido lo encontramos en la “pirámide del patriarcado”, que nos enseñan a detectar los micromachismos para evitar la violencia de género. Entre los micromachismos están los piropos o el mansplaining, que para quien no esté familiarizado con el término, se trata de un hábito patriarcal interiorizado por los hombres para cuestionar a las mujeres en sus opiniones en lugar de permanecer dóciles. También encuentran al porno, un agente cosificador de especial categoría en esta pirámide, a pesar de que no hay correlación entre ver una película pornográfica y cometer una agresión sexual. Cuarenta años de estudios ponen de manifiesto que ver pornografía no repercute en un aumento de violencia sexual contra las mujeres (Dr. Wm Fisher @sex_science) pero quién necesita datos si desde el Ministerio de Igualdad, en el que tanto dinero invertimos, nos aseguran que una mirada impúdica es peligrosa y aquel que la reciba debería acudir raudo a un punto morado, no vaya a sufrir un asalto sexual.

Si bien es cierto que la violencia contra el otro puede ser motivada por prejuicios, no es verdad que cualquier “comentario insensible” o broma -entre otros- lleve implícito una carga de odio y pueda desembocar en una agresión. Sorprende como estos intentos engañosos de simplificar realidades complejas para adaptarlas a unos esquemas mentales determinados llegan a pasar por evidencia casi científica, condicionando leyes y políticas cuando carecen de rigor.

Y es que hoy en día el dato no mata al relato, ya ni interesa porque la emoción no solo está por encima de la razón sino que está viciada y al servicio de la secta ideológica. Tan solo es cierto lo que nos hace sentir seguros intelectualmente en refuerzo de nuestros sesgos partidistas, dirigidos por los gurús políticos.

Escuchaba una charla de un “agente de igualdad” (una figura siniestra que parece sacada de una novela distópica o una secta de la nueva era, contratadas por empresas o colocadas como trabajadores públicos para detectar micromachismos) argumentar con total convicción que la asimetría penal entre hombres y mujeres, en casos de violencia dentro de la pareja íntima era justa, que un hombre debe pasar más tiempo en la cárcel que una mujer por cometer el mismo delito, porque un hombre que agrede lo hace por machismo y eso implica que lleva mucho tiempo maltratando a su víctima psicológicamente. No sucedería lo mismo cuando una mujer agreda, porque al no ser machista no ha maltratado anteriormente a su pareja. A partir de estas majaderías se redactan leyes.

Y estos no son los únicos “agentes del progreso” que van a instruir en los dogmas del Gobierno, ya que están preparando personal para encargarse del “bienestar” de los alumnos en las escuelas. No les parece suficiente la labor de psicólogos, padres y profesores a la hora de gestionar conflictos entre alumnos, hay que invertir en “coordinadores de bienestar” y “delegados de protección” que se ocupen exclusivamente de que los alumnos sean felices.

Además, el Gobierno planea eliminar exámenes de recuperación y que los alumnos pasen de curso si el maestro lo ve conveniente para evitar que sufran y suspendan. También eliminarán el estudio de la inflación, el déficit y los planes de pensiones del currículo de la ESO, reduciendo los contenidos de la asignatura de economía, no vaya a ser que aprendan algo útil y salgan de la escuela con cierta autonomía.

En lugar de procurar a los estudiantes un conocimiento que les facilite un buen porvenir, pretenden cercenar su desarrollo como individuos, evitándoles superar dificultades y disminuyendo su tolerancia a la frustración. Introducen agentes vigilantes para igualar por lo bajo y moldear mentes sumisas y necesitadas de tutela que les aseguren el voto. No les enseñan a pensar por sí mismos, les adoctrinan para que confundan la sana discrepancia con agresión y nunca duden de la narrativa oficial.

Nos estamos acostumbrando a que el Gobierno se entrometa en nuestras vidas como si tuviera que reparar algo que está roto. Está calando en la población que es el Gobierno quien tiene que protegernos de la gente, en lugar de ser la gente la que tiene que protegerse de los abusos del Gobierno. Bajo esta premisa, se justifica la necesidad de pisotear nuestros derechos y al margen de la ley por nuestro bien, nosotros somos el peligro. Peligrosos por nuestras ideas  o por nuestra potencial carga vírica, la excusa es lo de menos mientras la maquinaria siga en marcha.

Divididos, enfrentados y aborregados nos entretienen con problemas de los que se nos responsabiliza mientras, como en un iceberg, los problemas sustanciales quedan sumergidos en lo profundo, lejos del debate público. Y aunque ya hayamos chocado y estemos con el agua al cuello, seguimos sin despertar de esta hipnosis colectiva pensando que los mismos que hunden el barco serán los que lo saquen a flote.

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