THE OBJECTIVE
Javier Santamarta

Isabel Barreto, almirante de la flota

Una mujer de armas tomar y de carácter. Como lo debía de ser, seguramente, cualquier persona en aquellos duros tiempos al margen de cuál fuera su sexo. ¿O no?

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Isabel Barreto, almirante de la flota

Divulgando que es historia

En estos chascarrillos históricos que tienen la bondad de seguir y el señor director de publicar, siempre hemos tenido un trato especial (¡no podría ser de otro modo!) con las representantes de ese llamado sexo débil que ya el inmortal Jardiel Poncela afirmara que había «hecho gimnasia». Reinas, cortesanas y monjas han pasado por esta sección. Hoy corresponde el papel de protagonista a la única almirante mujer… hasta la fecha: Isabel Barreto, Almirante y Adelantada de las Islas Salomón.

La historia de esta mujer está plagada de páginas borrosas. Y una de ellas es la de su origen. Si bien es unánime el parecer de que la almirante nació en Pontevedra en 1567, no está claro quiénes son sus ascendientes. Las voces más comunes la hacen descender de Francisco Barreto, marino portugués que fuera decimoctavo gobernador de las Indias portuguesas. Incluso, para apoyar esta tesis, se dice que como la familia era originaria de Viana do Castelo, se les conocía como «los de la Barra», en alusión a un banco de arena que se formaba en la desembocadura del río Lima junto la citada ciudad portuguesa, y que recibía ese nombre de «barra». Y de «barra», los Barreto.

El hecho cierto es que, contra la general costumbre de la época, Isabel fue muy bien educada, culturalmente hablando. No solo recibió instrucción en latín, griego y gramática, sino también en geometría, matemáticas y geografía. Y también es cierto que la bien educada Isabel partió, junto con su familia, hacia el Nuevo Mundo, en concreto al virreinato de Perú, donde con unos pizpiretos 18 años conoce al leonés don Álvaro de Mendaña, un maduro explorador de 44 que ya había navegado por los Mares del Sur y descubierto las Islas Salomón (Solomon dicen los angloparlantes).

Así que, ya ven, antes del lío de Guadalcanal ya estuvimos nosotros por allí, pero por motivos curiosos. Vean: los incas y otros pueblos tenían fantásticas leyendas. Decían que al otro lado del Océano había unas islas llenas de oro y piedras preciosas. No me digan por qué, pero los españoles, Biblia en mano, identificaron esas islas con el mítico reino de Ofir, citado en el Antiguo Testamento como suministrador de oro al sabio Salomón. Mentar la Biblia y desatarse la fiebre del oro (siglos antes que la del Yukón o la de las Colinas Negras americanas) fue todo uno. Y así, el 20 de noviembre de 1567, partió don Álvaro del Puerto del Callao hacia el Oeste, y entre el 1 y el 7 de febrero del siguiente año descubrió un archipiélago al que llamó en honor de la mencionada leyenda como Islas Salomón. Pero de oro… ni rastro.

Felipe II le concedió el título de adelantado por su descubrimiento. Le autorizó a volver y a poblar aquellas islas… pero no le dio un doblón para tal empresa. Por ello, el leonés se había arruinado en su intento de costear una nueva expedición. Y en ellas andaba cuando apareció la radiante y acaudalada Isabel. Tan sólo con su dote se pudo aparejar uno de los galeones de la futura aventura y que se llamó, como no podía ser menos, el Santa Isabel. Además, la Barreto resultó una gran intermediaria cerca del nuevo virrey, García Hurtado de Mendoza, que a falta de dineros prometió mílites. Si bien el muy taimado aprovechó la ocasión para incluir en la leva a gente de la peor calaña que habitaba por allí. De este modo cumplía su promesa y limpiaba las calles en el mismo esfuerzo.

No sería hasta abril de 1595 (diez años después de su boda) que la expedición zarpó. Junto con el Santa Isabel, a cuyo mando iba el concuñado de Mendaña, el almirante Lope de Vega, iría otro galeón, el San Jerónimo, cuyo capitán fue Pedro Fernández de Quirós, quien llevó el diario de la expedición publicado después como «Descubrimientos de las regiones australes», y que sería la nave capitana en la que viajaría la propia Isabel (a regañadientes de su esposo), y tres de sus hermanos.  Además, compusieron la pequeña flota una fragata, la Santa Catalina y una galeota, la San Felipe.

El 21 de julio arriban a un archipiélago al que Mendaña llamó Las Islas Marquesas de Mendoza, en honor a la esposa del virrey. Hoy se conocen simplemente como Islas Marquesas, siendo el archipiélago más grande de la Polinesia francesa. Por allí estuvieron un tiempo, hasta que los indígenas se cansaron de ser esquilmados y se vinieron a las manos. Y es en ese momento cuando aparecería el acerado temple de Isabel, que aconseja a su marido que ahorque a tres nativos moribundos para impresionar a los demás.

Siguieron viaje, y la influencia de la Barreto sobre su marido ascendía, ante las murmuraciones de la marinería. El 7 de septiembre se desata una tormenta. El Santa Isabel está seriamente dañado, por lo que se ordena el trasbordo de mujeres y niños al San Jerónimo. Durante la noche de ese día, el Santa Isabel desaparece.

Tras sofocar un motín, Mendaña siente su muerte inminente como consecuencia de la malaria que ha contraído. El 17 de octubre firma su testamento en el que instituye, como heredera universal, a Isabel. Al siguiente día, muere. Isabel Barreto es la nueva Almirante y Adelantada de las Islas Salomón, lo que a los marineros de ese Siglo XVI no sienta nada bien.

Fernández de Quirós, ante el estado de las naves, aconseja a la almirante poner rumbo a Filipinas, a lo que accede. La navegación se convierte en una tortura por la escasez de provisiones y, especialmente, de agua. Sin embargo, la Adelantada, que ya había confiscado la llave de las despensas, llega, no ya a gastar sin tino, sino a lavar sus ropas con las provisiones de agua dulce, comportándose además de forma despótica, lo que lleva a Fernández Quirós a escribir: «No quiero decir que hice en este viaje otra cosa buena más de sufrir a una Gobernadora mujer y a sus dos hermanos».

La situación se aproxima al motín, que estuvo a punto de producirse cuando la Almirante ordena el ahorcamiento de un marino por haber desobedecido una orden, a lo que la marinería se opuso. En este tenso ambiente llegan a Manila el 11 de febrero. Pero como doña Isabel había heredado de su difunto esposo una encomienda en América, decide continuar viaje hasta Acapulco, previa reparación del San Jerónimo, único superviviente de la travesía. Mientras lo reparaban, tuvo tiempo de casarse nuevamente, esta vez con el sobrino del gobernador de Manila, don Fernando de Castro. Partieron hacia México, arribando a Acapulco el 11 de diciembre de 1596. Fernández Quirós se despide aquí de la Almirante, retornando ella al virreinato de Perú, donde también tenía otra encomienda (en la actual Bolivia). 

En la peruana ciudad de Castrovirreyna, de la que fue nombrado gobernador su esposo, acabaría sus días el 3 de septiembre de 1612 Isabel Barreto, la primera mujer Almirante y Adelantada de las Islas Salomón. Y sin duda una mujer de armas tomar y de carácter. Como lo debía de ser, seguramente, cualquier persona en aquellos duros tiempos al margen de cuál fuera su sexo. ¿O no?

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